Curioso el devenir de las cosas. Cuanto más sufres, menos sentido tiene sufrir. Pronto todo es lo suficientemente frío e indiferente como para importarte, y con ello avanzas imperturbable en un desierto tumultoso, un lugar donde los gritos se tornan tormenta de arena y la gente dunas que desparecen bajo el gemido del viento. La erosión se ceba en tu cuerpo, y cuando por fin te ha arrancado la ropa, la piel y el alma, te das cuenta de que en ti solo queda hierro. Tu nueva piel, es de hierro... Y entonces te toca temer al óxido.
A ti que nunca me abandonarás. A ti, que entre la multitud me buscas y me abrazas, dejando notar tu frío aliento en mi nuca cuando duermo, acurrucado entre tus inertes brazos. A ti, vacua, incorpórea, silenciosa, pero dolorosamente presente. A ti, soledad. A ti te escribo.