Curioso el devenir de las cosas. Cuanto más sufres, menos sentido tiene sufrir. Pronto todo es lo suficientemente frío e indiferente como para importarte, y con ello avanzas imperturbable en un desierto tumultoso, un lugar donde los gritos se tornan tormenta de arena y la gente dunas que desparecen bajo el gemido del viento. La erosión se ceba en tu cuerpo, y cuando por fin te ha arrancado la ropa, la piel y el alma, te das cuenta de que en ti solo queda hierro. Tu nueva piel, es de hierro...
Y entonces te toca temer al óxido.
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